MIEDO, MIEDO… ¿A QUÉ?

MIEDO, MIEDO… ¿A QUÉ?

Siempre o al menos, casi siempre he tratado de establecer una sólida posición que me distancia de esas intempestivas reacciones donde alguien de manera frenética grita, llora, corre y hasta golpea lo que sea, por lo que sea.

Son situaciones donde el estímulo no parece ser el principal responsable, de ese descontrolado actuar

Si profundizamos y viajamos en el tiempo de la vida de esa persona, posiblemente encontraríamos una sumatoria de episodios donde creencias colectivas, prejuicios y hasta extraños mitos, influyen en la consolidación de un sistema prederterminado de reacciones, que se enquista sin el uso de la razón, sin distinción de edad, de nivel educacional, género o religión. Poniendo al descubierto, nuestra esencia humana proveniente de procesos anteriores, donde códigos universales de supervivencia y de trascendencia, determinaban (garantizando el equilibrio natural del planeta) nuestras reacciones y acciones.

Hoy en día todo es muy diferente, complejo y diverso. Inclusive, en ocasiones puede parecer, ilógico y perverso.

Encerrados en el mismo lugar

No recuerdo haber tenido nunca especial predilección por los grandes vehículos, por los espacios desproporcionalmente amables o por los festines excesivamente abundantes. De hecho, luego de mi lesión medular empecé a tener mayor consciencia de la belleza de lo justo, de lo necesario, de la capacidad que tenemos los seres humanos para aprovechar al máximo todo lo que tengamos a la mano, para mejorar y evolucionar.

En ese ámbito de ideas puedo celebrar los escasos centímetros cuadrados de mi ducha, donde cohabitan en armonía los implementos que requiero a tal efecto. Comenzando por el pequeño banco de plástico blanco que acapara al menos, la mitad de ese espacio. Cada mañana, me transfiero con mis brazos desde mi silla de ruedas hasta el citado aposento, donde, con comodidad y seguridad, logro bañarme. Esos factores permiten mi independencia en la ducha (no siempre ha sido así), lo que da como resultado unos minutos de preciada intimidad conmigo mismo. Intimidad que ya en alguna ocasión, ha sido violada y usurpada.

Mis pies apoyados en el piso de mi ducha, determinan la posición de mis piernas y estas, la tranquilidad durante el proceso de bañarme, por lo menos hasta que ella apareció. En algún abrir y cerrar de ojos, entre la espuma del champú disperso en mi cabeza, la vi – lo lógico hubiese sido, primero sentirla y luego verla – pero como tenía los ojos cerrados y mi sensación en las piernas, esta completamente comprometida, tuve que esperar hasta el instante cuando la miré para entrar en terror, en pavor, o al menos en un pavor parcialmente controlado.

Lo primero que hice, en un instante de visibilidad concedido por la frondosa espuma que revestía mis ojos, fue sacarla de mi pierna derecha. Su vuelo, me dio unos segundos para eliminar los restos de jabón de mi cara y regresar con la tarea de estabilizar la inédita crisis en la que me encontraba.

Al abrir los ojos no la vi, no supe a donde la lancé pero el miedo estaba ahí, creciendo junto al suspenso de cual sería nuestro próximo encuentro… ¿Qué pasaría en la lucha por el espacio entre ese diminuto insecto y mi persona? Evidentemente, lo digo ahora con calma y cordura, inclusive con algo de vergüenza. El miedo puede generar un (casi inofensivo) animal puede llegar a ser abismal. ¿A qué le tenía miedo en realidad? No me podía morder, ni picar ¿Qué me podía hacer ese pequeño animal?

De repente apareció y comenzó a correr sin parar hacía cualquier dirección, De manera errática, golpeaba y se desviaba – Si hiciéramos una pausa en ese descontrol y pensáramos empática y profundamente, podríamos imaginar el pavor de ese pobre insecto – El caso es que mis pies en el piso eran un blanco perfecto para la cucaracha que trata de huir. Intenté con mis manos, mover mis piernas pero enseguida me alarmé, porque había percibido como esa crisis podía convertirse rápidamente en una situación verdaderamente complicada. El riesgo de caer con esos movimientos que desbalanceaban mi escaso control de tronco crecía peligrosamente. También pensaba que además de defenderme, debía hacer algo para detener esa insostenible situación. Debía alcanzar el envase del champú (para usarlo como arma) con mi mano mano derecha, mientras con la izquierda me sujetaba al banco para no caer. Pero, si mis manos estaban ocupadas, ambas…¿Quién movería mis piernas para que la cucaracha no siguiera caminando sobre ellas?

La Solución

Sin lugar a dudas, uno de los grandes riesgos de todo estado de conmoción es el resultado (directo e indirecto) que este pueda acarrear, independientemente de la causa que lo generó. También parece bastante lógico que para resolver ese tenso momento había que sacar al insecto de ahí. Tres factores principales determinan la manera de encontrar la solución:

  • La Complejidad del Estímulo: ponderar este aspecto puede ser casi tan amplio como las diferentes aproximaciones de diferentes personas ante las mismas situaciones – Depende de la historia de vida de cada quién – De lo que ha ido construyendo en función a lo que ha ido viviendo. En todo caso, la complejidad del estimulo es un factor siempre subjetivo que dependerá de la actitud de la persona que lo reciba.
  • Los recursos para remediar: aquí podemos incluir tanto a los instrumentos tangibles como los intangibles. Herramientas, conocimientos, equipo de apoyo, capacidad creativa. Todo un sin fin de posibilidades que influirán en la situación a resolver.
  • El autocontrol: aquí radica la clave para poder utilizar eficientemente a los dos primeros factores. Una mente en desorden no puede evaluar y organizar eficientemente, el escenario para accionar las medidas que van a generar una solución.

El pavor que puede causar un (casi) inofensivo animal a al ser humano que ha sido capaz de accionar un arma nuclear, luce como absolutamente irracional. Lo que nos debe llevar a pensar, ¿A qué le tenemos miedo? ¿Son infundados nuestros temores? ¿Son innecesariamente creados? Lo interesante, sería ejercitar ese instrumento que nadie nos puede quitar…

Nuestra capacidad de decidir cómo reaccionar, cómo estabilizar y finalmente como solucionar

“Después que me calme y estabilicé la delicada situación, pude observar con mucha satisfacción cómo la cucaracha huía por el inodoro por donde había venido“

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