EL MIEDO, Y EL FRÍO QUE ME HACÍA TEMBLAR

EL MIEDO, Y EL FRÍO QUE ME HACÍA TEMBLAR

De espaldas a mí brillaba, la cálida luz de un solitario reflector, que con su bombillo de halógeno, alardeaba alegremente su presencia en medio de tanta oscuridad. El y yo, establecimos (desde el mismo comienzo de mi desafío personal) una relación de distancia y cercanía, que se acentuaba, a medida que me alejaba más de la orilla. Ese haz de luz representaba mi única referencia (visible desde casi cualquier distancia) para establecer la dirección de mi retorno a tierra. Estábamos viviendo y sufriendo el segundo día consecutivo del primer apagón nacional. Por consiguiente, todo lo que rodeaba al Embalse de Guataparo (escondido en la noche) lo hacia desde su propia oscuridad.

Durante el desarrollo de todo el recorrido, una pesada idea me acompañó sin alejarse, ni un instante. Tampoco llegó incrustarse y a agobiar. Simplemente estuvo, siempre ahí presente. Ahora bien, si pretendo con estas líneas, compartir las reflexiones que la oscuridad iluminó ese día. Debería comenzar por lo que de mi mente no se alejaba, sería poco honesto si no la confesara…

¿Qué pasaría si esa luz que me guiaba, alguien la apagara?

Toda esta situación sucedía pocas horas después de que despertara en el aposento (mi carro) que me cobijó esa dramática noche que iluminó con su oscuridad, toda la crueldad, el cinismo, la desidia y la irresponsabilidad de personas tuvieron en algún momento la oportunidad de hacer algo significativo con sus vidas a través del impacto positivo que podían haber logrado a millones. Sin embargo, fueron sus sentimientos atroces y sus objetivos mezquinos quienes inundaron de ignorancia su transitoria estancia por un turno malgastado y convertido en su más destructor peso a cargar, él de su propia existencia.

Foto por @sofisfiligoy

Esa primera noche de oscuridad me acercó al lugar donde confluirían sentimientos de temor, de ansiedad, de gratitud, de confianza y de impotencia. Una heterogénea mezcla de emociones que en cualquier momento, cualquiera de ellas hubiese podido asumir y tomar el poder de mis desiciones. Acentuando mi natural fragilidad, esa que se resalta claramente cada vez que se establece una sincera conexión con la inmensidad de la naturaleza.

Seguramente por esta necesidad de ensayar, de explorar y sobre todo de asimilar fue que decidí salir esa noche a navegar en mi tabla de Paddleboard Prone, en medio de la perfecta oscuridad de todo un ecosistema donde yo era un simple y pequeño visitante que cometería la osadía de relacionarme solo, absolutamente solo con la noche del Embalse de Guataparo.

Dos confesiones antes de continuar

La primera de un orden menor, pero siempre latente cada vez que hablo de ese instrumento de crecimiento que nombré anteriormente, mi tabla de Paddleboard Prone, quién se ha convertido en los últimos años de mi vida, específicamente luego de mi accidente, en un poderoso medio para superarme, para liberarme y para encontrarme. Sin embargo, no puedo ocultar mi frustración por no encontrar la palabra que la identifique, en mi idioma natal. Me perturba escribir en español, para amigas y amigos que entienden nuestro hermoso idioma y obligarlos a preguntarse (seguramente para la gran mayoría) ¿Qué es eso de un paddleboard Prone? Pues por respeto, cariño y empatía les respondería: es una tabla muy liviana, hermosa y rápida cuyo fondo esta celebrado con los colores de mi patria amarillo, azul y rojo. Con ella puedo deslizarme por casi todo tipo de aguas acostado, utilizando mis brazos como articuladores de movimiento y mi alma como generadores de crecimiento.

Foto por @lucristy19

La segunda de orden notablemente mayor, tiene que ver con la razón de ir a navegar en ese hueco de 54 hectáreas carentes de luz eléctrica, pero abundantes de luz espiritual. Lo hice porque creo fielmente en la necesidad del ser humano (la tenemos todos) de lograr cosas, de obtener logros, de compartir vivencias. Todo eso asusta, muchas veces paraliza.

En mayor o menor grado, son las condiciones de nuestro entorno inmediato y de nuestra capacidad para controlar nuestras emociones, quienes tienen la lucha por ganar la conducción de la situación. Esa necesidad de lograr objetivos, viene acompañada usualmente de una marcada contrariedad, “queremos avanzar pero no hacemos sino, aferrarnos a lo que nos haga paralizar“ detenernos o escondemos detrás de nuestras oportunidades. Lo hacemos, alentando a que crezcan las dudas, convirtiéndolas en temores que poco a poco llegarán a solidificarse en grandes miedos, muy difíciles de administrar. Inclusive, en muchas de esas ocasiones, ni siquiera la certeza de la razón o la naturaleza de esos miedos, llega a estar presente.

En mi caso, era bien sabido por mí, el miedo, y el frío que me hacía temblar. Los temores que esa noche podían llegar a complicarme y paralizarme, estaban directamente relacionados con el miedo a la oscuridad y a la soledad.

¿Qué mejor oportunidad para ensayar y practicar mi capacidad para controlar esos miedos que esa, que se me iluminaba en tanta oscuridad?

De eso se trata

Justamente ahí radica el valor de esa oportunidad. En su posibilidad de desarrollar recursos o instrumentos espirituales, que junto a habilidades técnicas puedan llegar a solucionar positivamente, situaciones inesperadas y realmente complicadas.

Realmente, es verdaderamente conveniente no desechar ninguna oportunidad por pequeña o insignificante que parezca para desarrollar y reforzar el conocimiento de nuestra propia individualidad. En términos de nuestra capacidad (siempre a mejorar y desarrollar) para solucionar conflictos y acontecimientos.

Una actitud íntimamente exploratoria, siempre ayudará a desarrollar una dirección verdaderamente satisfactoria.

Foto por @lucristy19

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